Atardece más rojo

Yo no daba un duro por este verano desde que aquel domingo caluroso y pegajoso de junio una gitana me echase una maldición en el metro. Iba pálido, con un poco de resaca, sin peinar y con prisas. Me jugaba terminar el grado en menos de un mes y me esperaba un Blabla en Plaza Elíptica. A la gitana le hizo gracia mi portatrajes desde que entré en Diego de León y se lanzó a por mi. Se me puso delante y empezó a buscarme la mirada -tal y como estaba, casi le lanzó la maldición yo- me dijo de todo pero no entendí nada. Temí hacerme viral en internet. Todo pasó, cogí mi Blabla algo mosqueado y me gradué al mes. Ahora, haciendo balance en casa, con cuatro kilos más y un moreno innecesario, con el salitre de Santander, San Juan y Málaga, la boda de un amigo, las noches de aldea en un pueblo de acogida y los brindis y bailes acumulados en un par de festivales, pienso que lo mismo le tendría que haber dado las gracias a aquella mujer.

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Guardaba como un tesoro en mis destacados de WhatsApp dos mensajes de audio de José Peláez, mi Magnífico Margarito, el que hubiese presentado mi libro si yo hubiese llegado a ser algo en esto. Entre otros consejos me decía que escribiese, que leyese y que no parase ni de escribir ni de leer. No sólo no le hecho ni caso, sino que además perdí sus mensajes tras formatear el móvil. El otro día, tomándome una cerveza en una terraza y viendo cerca el fin del verano y la necesidad de hábitos saludables en mi vida, me acordé de él y barajé la posibilidad de volver a darle vida a este blog. En homenaje a una de las mejores firmas del ABC y contra mi falta de disciplina y orden, me comprometí a refrescar estas páginas por lo menos dos lunes al mes. Ya se iría viendo con qué.

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Estoy recopilando todas las columnas que ha escrito Cuartango cuándo llega el final del verano y despide Bayona. En la Iglesia de San Juan hace unos días se ofreció la celebración por un chaval que volvía a ser intervenido por temas de salud. Salimos con su grupo de amigos detrás y nos sorprendió el rojo del cielo y el aire, que venía algo más frío que de costumbre. Habían más persianas bajadas en los edificios y la poca gente que estaba por el paseo iba más abrigada. Ahí es cuando la playa te quiere decir algo. Ese atractivo que esconden los últimos días de agosto y los primeros de septiembre es inigualable, pese a la vuelta de campana que nos pegamos los melancólicos.

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Siempre me ha dado pena la de conversaciones que perdí con mi abuelo el día que se fue. Leí por casualidad este poema suyo el otro día. Sin ser uno de los más conocidos, me parece muy bueno.

Septiembre

Ubérrima luz, solemne cita
Estoy contigo (septiembre en el desván)

Saberte y conocerte, finita e infinita
Y amarte como siempre una vez más

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Nos vemos (en el verano de propina)










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